Jorge Luis Borges es uno de los escritores más importantes del siglo XX. El impacto de su literatura no solo hizo eco en Argentina, sino también en el resto del mundo. Tanto así que año tras año, los lectores fieles de este autor, esperaban que el segundo jueves de octubre, fuese anunciado por la Academia Sueca de las Letras como el ganador del Premio Nobel Literatura; galardón que nunca consiguió.

Pero Borges, a pesar de su gran vocación por crear una literatura inteligentemente despiadada y sabia, fue blanco de muchas críticas por parte de sus colegas. Ernesto Sábato y Julio Cortázar, entre muchos escritores más, lo atacaron por su falta de compromiso frente a los problemas sociales de la época, el poder de las dictaduras en América Latina y posicionamiento del fascismo.

Es decir, mientras en el mundo ardía, Borges permanecía ensimismado en su universo de fabula, reflexionando sobre los laberintos, los espejos y los versos, como si estuviera descifrando los misterios de una realidad que bien podía quemarse en manos de dirigentes corruptos. Y por supuesto, este autor argentino no ha sido el único en cargar con ese yugo, ese estigma.

Los orígenes de la literatura comprometida

El concepto de la literatura comprometida se remonta a los años en que Víctor Hugo empieza a crear personajes profundamente elaborados, donde la participación de éstos en sus obras, poseen todos los matices para desnudar los valores de toda una época: las traiciones y las ambiciones, el poder y la tiranía.

Prueba de ello es la magna obra de Los miserables y Nuestra Señora de Paris, donde el argumento toma como punto de partida acontecimientos históricos que impactaron en la sociedad francesa. Este tipo de literatura se convierte entonces en una carta de navegación para describir y delatar a toda una época.

Años más tarde, el filósofo Jean Paul Sartre transformaría esta tendencia en el concepto de una literatura comprometida, donde todo escritor tiene que ser un referente de su tiempo, alguien que debe elevar su voz en nombre de aquellos que callan, una persona que sea un líder para hacer resistencia a los juegos de poderes que tanto imperan en el mundo de la política y la vida diaria.

El peso de la historia de la literatura ha sido más fuerte

Aun así, a pesar de que a mediados del siglo XX este compromiso ya empieza a tener una tremenda fuerza, la historia de la literatura, con todos sus valores y su belleza, con todos sus desafíos gramaticales y sus técnicas de narración, no ha cedido ante la presión y reacio compromiso de ser los héroes de las letras.

La prosa poética ha sido mucho más fuerte y al mismo tiempo un alivio para que la lectura no se vuelva un panfleto demasiado pesado, lleno de disputas políticas que más bien pasen a convertirse en un oxidado ensayo, enmascarado de personajes cuya misión se limitaría ser un referente moral.

Por eso mismo, Borges afirmaba que: “No aspiro a ser Esopo. Mis cuentos, como los de las Mil y una noches, quieren distraer y conmover y no persuadir.” Esa misma aspiración es la que ha atravesado el corazón de grandes novelistas como Marcel Proust, Kafka o el mismo Joyce.

El desenmascaramiento de la realidad

Marcel Proust, por ejemplo, hace una exploración de la realidad y sus misterios a través de una prosa bastante compleja de seguir, pero químicamente hipnótica, lo suficientemente aguda para que el lector se olvide del mundo que habita, de las tensiones del presente y los sueños del futuro.

Joyce por su parte, crea el gran mamotreto del Ulises, en el cual ataca a las instituciones de su época, pero matizándolo todo con unas líneas llenas de secretos, de tramas gramaticales, de vacios y palabras sueltas; es decir, una obra, que tal como lo afirmaba William Faulkner, hay que leer con fe, para así atreverse a disfrutar todos sus enigmas.

Kafka mientras tanto, creó un universo donde lo simbólico se sumerge en el corazón de la existencia humana, con el fin de romper “ese mar helado que llevamos dentro”.

Entonces… es ¿un destino o una elección?

De este modo, esta gama de escritores, lograron que su propuesta artística no estuviese atada a un compromiso exclusivo, sino que enfocaron su actividad en la elección de estudiar a fondo la identidad humana, su realidad y cómo ésta ultima incide en su modo de comportarse ante el presente.

Cada escritor decide lo que quiere explorar, lo que su instinto lo lleva a develar, evitando así caer en el peso de un compromiso que lo aísle de su esencia y sus convicciones.