Ya sabes, cuando empiezas a escribir un libro, lo que más te impulsa a continuar es que la idea resulte brillante, tan brillante que tú mismo tengas la oportunidad de extraviarte e incluso enamorarte de esa chica que discretamente aparece en la página 50, cuando el protagonista, que está en un centro comercial, la observa sin interés alguno desde un segundo piso.

Vale, piensas que ya estás en camino, que te puedes sumergir por cualquier parte de ese universo que estas inventado, pero entonces llega un día en el que te sientas a escribir y percibes como todo se derrumba. ¡Oh my God, y ahora por donde continuar! Lo fantástico se convierte en horrible y sientes que tu libro ya no tiene ningún encantando. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde quedó la emoción inicial?

Lo que te pasa es que no has elegido una idea lo suficientemente consistente, pero al mismo tiempo flexible para que puedas disfrutar de la experiencia creadora. De seguro que te sientes igual que un barco al que se le ha acabado el combustible en medio del océano, ¿eh?

Por eso, lo mejor antes de escribir un libro es considerar que tan buena es la idea en cuestión. He aquí un resumen de pautas sobre cómo lograrlo.

  • No dejarte llevar por la emoción.

Un libro se escribe con calma y con pasión. Si crees que la inspiración es entonces ese flechazo que lanza Cupido para castigarte el trasero y enamorarte de lo primero que pienses, entonces lo mejor es que te arrepientas en cuanto experimentes esa extraña alquimia en tu corazón.

No te dejes llevar por impulsos, porque las buenas ideas tienen historias más interesantes que contar que cuando solo son motivadas por ese instante de iluminación, que en realidad coincidió de manera cómica con el agujero de luz solar que se filtraba por el agujero de una nube.

  • Déjate llevar por tus demonios internos.

En cambio, si te dejas llevar por tus demonios e inicias la escritura de un libro como una manera de conocer tus demonios internos, tus traumas, tus miedos y tus desesperaciones, entre uno que otro dilema que tengas en la mente, como lo es el misterio de por qué cuando vas a buscar tus zapatos uno queda cruzado al otro o por qué siempre llueve cuando no traes el paraguas, el universo a narrar será mucho más fantástico y exquisito.

  • Queda pueda generar suspenso y contrastes.

Recuerda que una buena historia se caracteriza por altibajos. Si llegas a describir una historia donde el superhéroe de turno se las sabe todas y siempre se sale con la suya, ten por seguro que no resultará una idea del todo fascinante ni para ti ni para tus lectores.

Una buena idea, ofrece de entrada una gran variedad de contrastes, donde tú mismo puedas conocer a tus personajes y retarlos a luchar por ese amor que los desespera o ese motín del banco al que asaltaron los protagonistas.

  • El matiz universal.

Déjate llevar también por una idea que realmente tenga algo para decir para muchas personas, no por lo que tus sentimientos te inspiran. Por ejemplo, ¿Qué sacarías si escribes una historia sobre el pueblito más escondido de España? ¿Qué de emocionante tendría narrar las costumbres y las experiencias de un lugar que es desconocido para todo el mundo?

Quizá sí tenga algo de emocionante, pero entonces tendrás que exportar la idea al tiempo presente, a la época en la que vives de modo que no se vuelva un libro antiguo que después desaparezca en la oscuridad total de una biblioteca del siglo XIV. Esto también hace que tu libro tenga una gran durabilidad en el tiempo.

  • Encontrarle el lado humorístico.

Y por supuesto, un libro debe ser lo suficientemente sustancial y divertido para tener una lado cómico con el cual reírse. Desde lo más absurdo a lo más ridículo, desde personajes alegres hasta lo más triste, si el libro tiene una idea a la que se pueda matizar con humor, entonces tendrás motivos de sobra para continuar adelante.

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