Tal como se suele decir muy a menudo en el mundo de la literatura y las artes, un escritor es un personaje que posee una multitud de demonios internos, es decir, un universo donde batallan sus pasiones y en donde las musas de la inspiración se convierte en algo que ayuda a liberar esa tensión interna.

Para bien o para mal, el método más eficaz para muchos poetas y escritores a lo largo de la historia de la literatura, ha sido el recurrir a sustancias psicoactivas, o bien, al licor. Arthur Rimbaud, el gran genio de las letras de Francia, aquel jovencito inspirado que se convirtió en un referente de la poesía maldita, hizo un gran abuso del opio, como también del vino y otro tipo de licores.

Más allá de una simple afición

Y qué decir entonces de su compatriota Marcel Proust, quien escribió En busca del tiempo perdido, mientras consumía opio, alegando que este era el medicamento perfecto para derrotar el asma que tanto lo asfixió hasta sus últimos días. Quizá sin aquella formula nunca hubiera logrado gestar una obra tan larga y refinada, aunque para muchos resulte bastante aburridora.

En el caso de Edgar Alla Poe, fueron las depresiones y la ansiedad lo que lo motivo a acercarse al ron y al coñac como sus mejores aliados para mantener un estado de ánimo un tanto más activo a la hora de escribir. La adicción de este maestro, considerado un genio del relato corto, fue tan significativa y simbólica en su vida que durante 70 años, un admirador de su obra solía llevarle a su tumba tres rosas y una botella de coñac.

Los autores adictos al alcohol

La lista de autores que han utilizado el alcohol como bebida para liberar sus emociones y activar las musas es realmente diversa. Va desde escritores como Juan Rulfo a Ernest Hemingway, pasando por Charles Bukowski y Jack Kerouac, hasta Juan Carlos Onetti y el mismo Fracois Rabelais, que representa una gran excepción teniendo en cuenta que era médico de profesión, aparte de ser un gran humanista.

El enfoque que siempre se le ha dado es el de poder adormecer a los monstruos interiores y permitir que la inspiración fluya, siguiendo un ritmo más apasionado, donde lo impredecible juega a favor de la escritura. Una buena opción cuando se toma como referencia asuntos personales, que van desde lo nostálgico hasta lo traumático.

Sin embargo, hay que realizar una distinción entre lo que es ser un escritor aficionado al alcohol y otro que realmente hace uso de sus efectos para poder escribir. Por ejemplo, William Faulkner, que era igual de bebedor que su compatriota Ernest Hemingway, era responsable y se puede afirmar que la totalidad de sus páginas no fueron escritas en estado de embriaguez.

Faulkner sin embargo si tuvo una excepción con la obra Camino a la gloria, el guion para una película de Howard Hawks, el cual escribió cuando tenía 39 años. Es la única obra de la que se tiene certeza que acudió al whisky como fuente de combustión, pese a que escribió otras cinco más para la industria del cine de Hollywood.

Obras escritas bajo el influjo del alcohol

La influencia del licor en la historia de la literatura es casi que milenaria. En la Antigua Grecia, la relación entre las musas y el vino se mantiene estrecha; esa es la misma razón por la que en pinturas del renacimiento se asocie al poeta como un personaje que se alimenta del preciado y apasionante licor de Dioniso.

Dentro de las obras contemporáneas que han sido escritas bajo la influencia del licor se puede destacar la obra A sangre fría de Truman Capote, como también Cujo de Stephen King y La dalia azul de Raymond Chandler.

Mientras tanto, saliéndose del ámbito propiamente del licor, otras obras importantes escritas mediante estimulantes o psicoactivos son: La comedia humana de Honore de Balzac, El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson y Critica de la razón dialéctica de Jean Paul Sartre.